Autor: Emiliano. 1º SEC. Álvaro Obregón. CIUDAD DE MÉXICO.
Para mí la Noche de los Rábanos era una pesadilla. Todo estaba lleno de niños molestos e incontables gritos de "felicidad". Yo siempre decía: ¿Qué tiene de divertido estar desvelado y amanecer como borracho? Un 23 de diciembre, le dije a mi rábano: Rabanín, vamos a dormir, y nos fuimos a la cama.
Pero algo raro pasó. Al despertar no había decoraciones, ni luces, ni nada. El pueblo estaba vacío. Fui a preguntarle a un niño que caminaba por ahí: ¿Por qué no están celebrando? ¿No se ha enterado? —me contestó triste— El nuevo jefe del Mundo prohibió la celebración en todos lados. ¿Usted nos ayudaría? —Mira, te ayudo, pero solo si prometes no llorar ¿okay?
Lo que no sabía era que el papá de ese niño era el jefe del Estado y, prácticamente, me obligó a ir a una guerra yo solo. No me quedaba de otra, viajé hasta una sierra lejana, caminando y usando transportes. Mientras avanzaba entre los árboles, escuché un ruido extraño y me detuve.
Vi a una criatura aterradora: un Tigre Rábano. Tenía el cuerpo rayado con tonos rojos y blancos, una piel rugosa como la cáscara del rábano y unos colmillos largos y afilados que parecían raíces puntiagudas. Era ágil y fuerte; si me veía, no tendría piedad. Traté de escapar, pero las ramas crujieron y el tigre empezó a corretearme. Pensé que estaba muerto pero justo cuando ya no tenia fuerzas apareció un rábano armado. Llevaba una pequeña armadura hecha de hojas secas, un casco de cáscara de nuez y cargaba un rifle plateado que brillaba.
Estaba lleno de cicatrices por su valentía. Él me protegió del tigre y me dijo: Sube a este avión. Era una nave de metal oxidado con hélices que hacían mucho ruido y una cabina pequeña llena de botones antiguos. Te llevará con el jefe. Yo te cuidaré.
Cuando llegamos, seguimos su plan: entrar por los conductos de ventilación para dialogar y, si no funcionaba capturar al jefe. Al entrar vi a muchísimos rábanos capturados; el jefe era un dictador malvado. Intentamos convencerlo de liberar la fiesta pero no hubo resultado. —No cambiaré de opinión —dijo el. Y si no se van ahora, los dejaré encerrados como a los demás, pudriéndose.
En ese momento, se me ocurrió una idea. Saqué mi cámara y le tomé una foto de evidencia. Corrimos hacia la comisaría y, con la prueba de lo que estaba haciendo, el jefe fue arrestado.
Toda la gente me adoraba, esa noche, por primera vez en mi vida, celebré de verdad. Jugué, me divertí y hasta lloré de felicidad. Descubrí que lo que yo pensaba que era una noche molesta era, en realidad, el momento donde las familias se reúnen para agradecer. Pude disfrutar de todo gracias a ese niño y a mi gran aventura.
*En este artículo se reproducen con exactitud los textos enviados por los Chamakes.
Si estás interesado en participar ya sea con algún contenido visual o de texto, recuerda que puedes contactarnos para hacernos llegar tu colaboración.
Sólo tienes que enviar tu aportación al correo electrónico de Chamakes para poder publicarla en su sitio web.
Preguntas frecuentes